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Lo hago mañana: la psicología detrás de todo lo que vamos posponiendo

28/09/2026

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Lo hago mañana: la psicología detrás de todo lo que vamos posponiendo

Hay una frase que probablemente todos hemos utilizado alguna vez:

“Mañana lo hago.”

Mañana llamo.
Mañana ordeno esos papeles.
Mañana empiezo a hacer ejercicio.
Mañana contesto ese mensaje.
Mañana tengo esa conversación.
Mañana pido la cita.

Y lo curioso es que muchas veces sabemos perfectamente que hacerlo nos vendría bien. Incluso sabemos que cuanto más lo retrasemos, más tiempo va a ocupar espacio en nuestra cabeza.

Pero aun así… lo dejamos para después.

¿Por qué?

La respuesta no siempre tiene que ver con ser perezoso, desorganizado o tener poca fuerza de voluntad. Muchas veces tiene mucho más que ver con cómo nos hace sentir aquello que estamos evitando.

No siempre aplazamos porque algo sea difícil

Imagina una situación muy sencilla.

Tienes que hacer una llamada que llevas varios días retrasando. Probablemente no dure más de cinco minutos. Objetivamente, no parece una tarea complicada.

Sin embargo, cada vez que piensas en hacerla aparece ese pequeño: “Luego.”

Y sigues con otra cosa.

Puede que la llamada implique dar una explicación. Puede que tengas miedo de recibir una respuesta que no te guste. Puede que simplemente te resulte incómodo hablar de ese tema.

Entonces ocurre algo interesante: posponerlo produce un pequeño alivio inmediato. No haces la llamada y la incomodidad desaparece durante un rato.

Nuestro cerebro aprende rápidamente esa relación: “Si lo dejo para después, ahora me siento mejor.”

El problema es que el alivio dura poco, porque la llamada sigue pendiente.

El famoso “luego lo hago”

Muchas de nuestras decisiones cotidianas están influidas por algo bastante sencillo: tendemos a valorar mucho lo que sentimos ahora.

Sabemos que hacer determinadas cosas puede beneficiarnos dentro de una semana, un mes o incluso dentro de unas horas. Pero el presente pesa mucho.

Sabes que preparar algo hoy hará que mañana tengas menos trabajo, pero hoy estás cansado.

Sabes que salir a caminar probablemente te sentará bien, pero levantarte del sofá requiere un esfuerzo ahora.

Sabes que deberías ordenar esos documentos, pero abrir el cajón y empezar resulta poco apetecible.

Y aparece una negociación interna muy convincente:

“Mañana estaré más preparado.”

Y mañana nuestro cerebro puede volver a hacer exactamente la misma negociación.

A veces no evitamos la tarea, evitamos lo que sentimos

Podemos pensar que estamos evitando ordenar unos papeles, hacer una llamada o empezar un proyecto.

Pero muchas veces lo que realmente estamos intentando evitar es la sensación asociada a esa tarea.

Incomodidad.
Aburrimiento.
Inseguridad.
Frustración.
Miedo a equivocarnos.
La sensación de no saber por dónde empezar.

Por eso hay tareas aparentemente pequeñas que podemos ir arrastrando durante semanas. No porque necesitemos semanas para hacerlas, sino porque cada vez que pensamos en ellas preferimos alejarnos de lo que nos hacen sentir.

Cuando quieres hacerlo tan bien que terminas sin hacerlo

También existe otra situación muy habitual.

Queremos hacer algo, pero queremos hacerlo bien. Muy bien. Quizá demasiado bien.

Quieres empezar a hacer ejercicio, pero buscas primero el entrenamiento perfecto.

Quieres organizar mejor tus comidas, pero piensas que necesitas preparar un menú completo para toda la semana.

Quieres ordenar la casa, pero como no tienes toda la tarde libre decides no empezar.

Quieres preparar un proyecto, pero sientes que necesitas tener completamente clara la idea antes de escribir la primera línea.

Entonces esperamos al momento perfecto: con suficiente tiempo, suficiente energía y suficiente motivación.

Y ese momento tiene la mala costumbre de no aparecer.

A veces una expectativa demasiado alta sobre cómo debería hacerse algo termina siendo precisamente lo que impide empezar.

“Trabajo mejor bajo presión”

Puede que te resulte familiar.

Has tenido dos semanas para hacer algo. Durante los primeros días apenas has avanzado. Pero llega la fecha límite y, de repente, aparece una capacidad de concentración que parecía inexistente.

Y entonces pensamos:

“Yo es que trabajo mejor bajo presión.”

Puede ser que la presión nos ayude a concentrarnos momentáneamente porque ya no existe la posibilidad de seguir posponiendo.

Pero también conviene preguntarnos qué ha ocurrido durante las dos semanas anteriores. Probablemente esa tarea haya estado entrando y saliendo constantemente de nuestra cabeza.

No la estabas haciendo, pero tampoco te habías olvidado de ella. Y eso también desgasta.

Lo pendiente sigue ocupando espacio

Hay cosas que tardaríamos diez minutos en resolver y que, sin embargo, podemos tener durante diez días dando vueltas por nuestra cabeza.

“Me tengo que acordar de…”
“Tengo pendiente…”
“A ver si mañana…”
“No se me puede olvidar…”

Y así una y otra vez.

Cada asunto pendiente parece pequeño, pero cuando acumulamos muchos, la sensación puede convertirse en una especie de ruido constante.

No siempre necesitamos hacer más cosas. A veces necesitamos cerrar pequeñas cosas que llevan demasiado tiempo abiertas.

¿Y por qué con algunas cosas no nos pasa?

Porque no aplazamos todo.

Si algo nos gusta, nos interesa o tiene una recompensa inmediata, normalmente cuesta bastante menos empezar.

Puedes llevar tres semanas diciendo que tienes que organizar un armario y, sin embargo, dedicar cuarenta minutos sin darte cuenta a mirar vídeos en el móvil.

No significa que seas incapaz de concentrarte.

Significa que ambas actividades ofrecen cosas muy diferentes a tu cerebro en ese momento. Una requiere esfuerzo antes de obtener el resultado. La otra ofrece pequeñas recompensas continuamente.

Y cuando entendemos esto dejamos de plantear el problema únicamente como: “Necesito tener más fuerza de voluntad.”

Quizá necesitemos algo bastante más práctico:

hacer que empezar sea más fácil.

El problema de pensar en la tarea completa

Imagina que llevas meses queriendo ordenar un trastero.

Solo pensarlo puede resultar agotador.

Hay cajas, ropa, papeles, objetos que decidir si tiras o guardas y cosas que ni recuerdas por qué conservas.

Si tu objetivo mental es:

“Tengo que ordenar el trastero.”

Probablemente tu cerebro vea una tarea enorme.

Pero si el objetivo es:

“Hoy voy a ordenar únicamente esta caja.”

La situación cambia.

El trastero sigue siendo el mismo. Lo que ha cambiado es la puerta de entrada.

Muchas veces no necesitamos motivarnos para terminar. Necesitamos ponérnoslo suficientemente fácil como para empezar.

Cinco minutos también cuentan

Tenemos cierta tendencia a despreciar las acciones pequeñas.

Si no puedo hacer una hora de ejercicio, no hago nada.
Si no puedo ordenar toda la habitación, no empiezo.
Si no puedo terminar el documento, no lo abro.
Si no tengo tiempo para hacerlo todo, lo dejo para otro día.

Pero entre hacerlo todo y no hacer nada existe muchísimo espacio.

Puedes caminar diez minutos.
Puedes ordenar un cajón.
Puedes escribir el primer párrafo.
Puedes responder un correo.
Puedes preparar únicamente una parte.

Puede parecer poco.

Pero psicológicamente existe una diferencia enorme entre una tarea que todavía no hemos empezado y una que ya está en marcha.

Cuidado también con esperar a tener ganas

Muchas veces nos decimos:

“Cuando esté motivado lo haré.”

Pero la motivación no siempre aparece antes de empezar.

En muchas ocasiones sucede al revés.

Empezamos.
Vemos que avanzamos.
Y entonces aparecen más ganas de continuar.

Por eso quizá no necesites esperar al día en el que mágicamente te apetezca ordenar esos documentos.

Puedes empezar sin ganas. Cinco minutos. Una carpeta. Nada más.

Después decides si continúas.

Algunas preguntas que pueden ayudarte

La próxima vez que lleves varios días aplazando algo, en lugar de decirte: “Qué desastre, otra vez lo estoy dejando”, puedes probar con preguntas diferentes:

  • ¿Qué es exactamente lo que estoy evitando?
  • ¿Qué siento cuando pienso en hacer esto?
  • ¿Estoy esperando a poder hacerlo perfectamente?
  • ¿Puedo dividirlo en algo mucho más pequeño?
  • ¿Cuál sería el primer paso más sencillo posible?

A veces estas preguntas resultan mucho más útiles que intentar obligarnos a tener más fuerza de voluntad.

No todo lo que posponemos es una obligación

Y hay algo más.

También aplazamos cosas que nos hacen bien.

Llamar a alguien con quien nos apetece hablar.
Volver a practicar una afición.
Salir a dar una vuelta.
Leer.
Ir a un sitio que llevamos tiempo queriendo conocer.
Reservarnos una tarde.
Incluso descansar.

También podemos acostumbrarnos tanto a vivir pendientes de obligaciones que aquello que no es urgente siempre acaba quedando para después.

Y entonces pasan los días, las semanas y los meses.

Hasta que un día decimos:

“Hace muchísimo que no hago esto.”

Quizá porque siempre había algo aparentemente más importante.

No necesitas cambiar toda tu vida un lunes

Nos gustan los grandes comienzos.

“El lunes empiezo.”
“El mes que viene me organizo.”
“Después de vacaciones cambio.”

Pero cambiar una conducta cotidiana rara vez necesita una fecha espectacular.

Puede empezar cualquier miércoles a las 17:23.

Con una llamada.
Con cinco minutos.
Con un cajón.
Con una vuelta a la manzana.
Con ese mensaje que llevas tres días pensando que tienes que responder.

Porque muchas veces el verdadero cambio no está en hacer algo enorme.

Está en dejar de esperar al momento perfecto para empezar algo pequeño.

Quizá hoy puedas hacer una prueba

Piensa durante unos segundos:

¿Qué pequeña cosa llevas demasiado tiempo diciendo que harás “mañana”?

No hace falta que sea importante. De hecho, mejor si no lo es.

Ahora intenta reducirla hasta encontrar una acción que puedas hacer en unos minutos.

No terminarla. Solo empezarla.

Porque quizá uno de los mayores engaños del “mañana lo hago” sea hacernos creer que mañana tendremos más ganas, más tiempo o más energía.

Y algunas veces será verdad.

Pero muchas otras, mañana volveremos a ser exactamente nosotros.

Así que quizá la pregunta no sea:

“¿Cuándo voy a tener ganas de hacerlo?”

Sino:

“¿Qué puedo hacer hoy para que empezar sea un poco más fácil?”

Marta Mariscal Psicología

La psicología también está en esas pequeñas situaciones que vivimos cada día: en cómo tomamos decisiones, cómo nos hablamos, qué evitamos, qué repetimos y por qué a veces hacemos justo lo contrario de lo que sabemos que nos vendría bien.

Entenderlo no significa juzgarnos menos para seguir haciendo lo mismo. Significa conocernos un poco mejor para poder hacer las cosas de otra manera.

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